lunes, 5 de octubre de 2015

002 | Lucio

Volvieron juntas del hospital, pero Miranda tuvo que irse pronto porque debía trabajar; ya se había tomado el día anterior para cuidar de Gabriela y no podía volver a ausentarse. Al quedar totalmente sola, Gabriela sintió un inmenso vacío. Se arropó en el sillón y comenzó a llorar silenciosamente. No sabía muy bien por qué, sólo necesitaba hacerlo. Nunca había podido tener una vida normal, pero esto ya era demasiado. ¿Sería que algún día aparecería su príncipe azul para rescatarla de este infierno? La sonrisa de Sebastián cruzó seductoramente por su mente. Sonrió. Realmente era muy guapo, pero estaba totalmente fuera de su alcance. Por lo menos podría verlo y hacer que sus exámenes médicos fueran menos tediosos. Quizás hasta se podría animar a pedirle su número algún día. Mientras todas estas ideas cursis se cruzaban por su cabeza, se quedó dormida esbozando una sonrisa pícara, soñando con cómo el médico se enamoraba de ella.
Un par de horas más tarde se despertó. Le dolía todo el cuerpo por haber dormido en una muy mala posición. Necesitaba aclarar un poco su embotada cabeza, así que decidió salir a caminar. Le gustaba caminar sola. Sentarse en un bar, tomar un café, observar a la gente. Toda una vida de soledad le había enseñado a disfrutar de aquella manera. A entender sus vueltas, y la libertad que encerraba su simple existencia. Estaba anocheciendo cuando pasó frente a un pequeño bar que le llamó la atención. Desde fuera no se podía ver mucho, pero, aunque a primera vista era pequeño y oscuro, sintió una necesidad imperiosa de entrar. Siempre pasaba por esa calle y nunca había notado el sitio, quizás por la misma oscuridad que despedía. Apenas atravesó la puerta sintió como un extraño sopor que la inundaba, tal vez por el encierro que había en el sitio. Comenzó a caminar hacia el fondo del lugar mientras se quitaba el abrigo y observaba atentamente. Las paredes eran color rojo borgoña, con algunos dibujos en negro, los cuales no lograba identificar claramente. Una gran lámpara de araña que algún día había sido dorada colgaba del techo para iluminar el sitio. En algunas mesas y sobre la barra había candelabros con velas y cera derramada que le daban un aspecto aún más tétrico al lugar. Se sentía terriblemente a gusto de todas formas, a pesar del ambiente lúgubre y el olor a humedad. Se sentó en una mesa donde había un candelabro con una laboriosa forma de calavera y pidió un chocolate caliente. Mientras esperaba su pedido se puso a leer unos diarios viejos que había a un costado. Uno de ellos era de hacía una semana, viernes 30 de Agosto. El camarero se acercó a dejarle su bebida. 
 –¿Ya llegó a las noticias policiales? Ha sucedido algo espeluznante. Ese tipo de cosas, cuando pasan, pueden ser un poco excitantes, ¿no? 
Gabriela levantó la vista para contestarle, pero el extraño camarero ya había pegado media vuelta para alejarse hacía la barra. La curiosidad mató al gato, pensó mientras buscaba la sección policial. Entonces encontró la noticia. Se levantó de golpe haciendo caer la silla. El estrépito que creó hizo que todos los presentes la observaran. Una pareja en una mesa cercana la miró con desapruebo. Gabriela pidió disculpas y volvió a sentarse. No podía creer lo que estaba leyendo. De alguna extraña manera le alegraba, pero a la vez le causaba una sensación que todavía no podía definir. 

“Posible asesinato en un Restaurante de la zona.
Se ha encontrado el cuerpo sin vida del dueño de un restaurante de la zona. Según fuentes policiales, se trata de Alfonso Rodríguez Peña, dueño del negocio, de 45 años de edad. El cuerpo ha sido hallado por uno de sus empleados, que ha sido ingresado en el hospital psiquiátrico de la ciudad, inmerso en un fuerte estado de shock por la traumática experiencia. El centro nos ha impedido contactar con él debido a que, según los expertos, podría causar a esta persona daños psicológicos mayores. Tras realizar un comunicado a los medios por parte de los cuerpos de seguridad, se ha puesto en conocimiento a la prensa que se va a abrir una investigación, ya que los indicios señalan que se trata de un posible asesinato. La policía no ha querido facilitar más información a los medios con respecto a las circunstancias en las que se ha hallado el cuerpo…”

Estaba horrorizada, aunque en cierto modo le hacía sentirse feliz de que ese cerdo pagara por sus delitos, sin embargo no dejaba de intrigarle quién podría haber hecho eso. Estaba más que segura de que ese hombre tenía suficientes enemigos como para que alguno de ellos perdiera el control en algún momento.
Apartó rápidamente el periódico de la mesa. Simplemente quedó helada. Trató de tomar un poco de su chocolate caliente pero le costó tragarlo. Tenía un áspero nudo en la garganta. La comodidad que había sentido al entrar se había esfumado por completo. Miró hacia la barra y se encontró con la mirada del camarero. Era un hombre alto, apenas mayor que ella. Tenía una mirada dulce pero a la vez misteriosa. Ojos color café, barba… Le sonrió con un leve movimiento de cabeza y siguió con sus vasos y tazas de café. Gabriela sintió cómo se ruborizaba al instante. Bajó la mirada y respiró profundamente. Nada, absolutamente nada desde ese jueves parecía tener ni pies ni cabeza. “Gabriela, no tienes idea de lo que te pasó en la última semana y vienes a pensar en tíos, compórtate”, pensó.
Llamó al camarero para que le cobrara. Cuando se acercó a ella, pudo leer Lucio en una pequeña placa metálica que iba prendida a su chaleco negro. Le pagó el chocolate y se levantó para irse. Al pasar por su lado notó lo alto que era, ella apenas le llegaba al hombro. Luego, apenas por un segundo, él la miró con una fiereza que no había mostrado hasta el momento y le habló:
 –Qué bueno volverte a ver, Kamelia.
 –Me has confundido, mi nombre es Gabriela.
 –No lo creo. –murmuró por lo bajo. Pero Gabriela no lo había escuchado. Había salido rápidamente del lugar. Todo se había tornado demasiado tenebroso como para quedarse más tiempo allí. 
Lucio siguió como si nada, recogiendo la taza de chocolate de la mesa donde había estado ella. Antes de dirigirse a la barra con la bandeja repleta del resto de consumiciones observó el periódico y, sonriendo con un deje de maldad, dijo:
 –Un placer… –y volvió a su trabajo.

Fuente

Ya era de noche. Gabriela estaba a unos metros de su edificio. ¿Quién era ese hombre? No podía dejar de preguntarse quién era ese extraño camarero llamado Lucio. No pensaba volver a pisar ese lugar, eso era seguro. Simplemente era demasiado extraño y escalofriante. Sacó un cigarro de su bolso y se lo encendió. Estaba temblando debido a la tensión acumulada. Tomó una bocanada de humo, parpadeó y, de pronto, su vista se puso borrosa. Quiso tomar aire pero era imposible, sus pulmones estaban totalmente inertes. Trató de gritar, pero lo único que logró fue vomitar y caer inconsciente sobre la acera antes de empezar a convulsionar.


 –Aún no ha despertado del todo.
 –Ya lo sé.
 –Será mejor que lo hagamos ahora que no domina su poder.
 –Parece más un pequeño cervatillo que una abominación. Realmente no puedo creer que sea capaz de algo maligno.
 –Es el fruto de dos seres más malignos que nosotros. –hizo una pausa– Sabes mejor que nadie cuántos de los nuestros perecieron para terminar con ellos, y aún así ese pequeño engendro logró escapar.  
Los dos hombres se miraron. El más alto se quitó el chaleco negro donde una pequeña insignia de metal resplandecía como la plata. Mientras se quitaba su camisa blanca miró de reojo a su compañero que estaba en la penumbra. Desde que lo conocía jamás lo había visto sin su máscara. Nunca había terminado de confiar en él, era muy intimidante y misterioso. De cualquier forma, tampoco le había dado motivos como para tomar medidas contra él. Salvo, quizás, aquella vez...
 –Vamos, Lucio, ya es la hora. –dijo el hombre de la máscara, mientras se giraba y se sumergía en la profunda oscuridad.

>º<

Segundo capítulo de mi novela.
Estoy muy feliz de cómo va encaminada la historia.
Espero que os guste a vosotros también.
Gracias a Villa por darme una mano
con la corrección del texto y la redacción.
¡Genio!

El tercer capítulo puede que se haga
esperar un poco más.
¡Pero no desesperéis que lo bueno
lleva tiempo!

Con cariño,
Mauge.

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