martes, 29 de septiembre de 2015

Luna Roja | Diarios de una Drakaina

Cabalgaba muy despreocupado por el bosque. Su armadura y armas iban colgadas a los costados de su corcel. Un colgante en su pecho, que aunque él no recordaba, controlaba su tempestuoso ser y lo mantenía encerrado en esa figura de caballero andante. Era un poderoso sello de lapislázuli y amatista, que el mismo había creado para encerrar su gran poder que estaba descontrolado; y así poder encaminarse hacia una serenidad superior. Ese sello había funcionado, quizás demasiado bien, y lo había transformado en un caballero sin casa que solo luchaba por el amor y la justicia. Quizás muy cursi, muy robinhoodesco, no lo sé. Cuando la vio, la confundió quizás con una esas musas de la mitología griega, pero cuando ella levantó la vista y clavó sus ojos en los suyos supo que estaba frente a un alma muy peculiar. 
Ustedes los hombres no creen en los dragones, hasta que se encuentran con uno, y comprenden que este fuego es mucho más que solo mitología, pensó mientras lo miraba ferozmente a los ojos y analizaba a ese caballero andante que estaba frente a ella. En seguida pudo ver a través de ese disfraz sobrenatural que cargaba  y supo a la perfección que se encontraba frente a un ser extremadamente mágico. Tanto como ella.
No necesitaron demasiado para ir mas allá de esas miradas. Sólo un par de noches de paseo por ese místico bosque para que la distancia se acortara lo suficiente como para terminar en un beso. Un beso que lo iba a cambiar todo...
Entonces, medio del arrebato de pasión, el sello se rompió. La amatista se partió en dos y el lapislázuli ascendió por el aire, para terminar incrustándose en su frente, transformándose en un tercer ojo que al abrirse comenzó a despedir una luz azul que deslumbró a todo el bosque. Al mismo tiempo, ella escuchó como los animales comenzaban a huir del lugar, a la vez que ese humano comenzó a mutar a su verdadera identidad. En su piel comenzaron a aparecer escamas, verde azuladas; sus extremidades, su rostro, todo su cuerpo comenzó a transformarse en un gran dragón. Inmutable, ella mantuvo la mirada fija en sus ojos y sonrió de esa manera tan singular, que sabía que lo volvía loco. Rugió como hacía varios milenios que no lo hacía, y con una tos un poco ronca escupió un poco de fuego. Ella cerró los ojos, respiró profundo y comenzó a transformarse también. Sus escamas eran entre rosa y violáceas. Aún con ese aspecto casi mitológico mantenía la misma mirada; superior, dulce, seductora, poderosa...
Y como si sus mentes estuvieran conectadas, extendieron juntos sus alas y se alzaron sobre el bosque; cada vez mas alto en medio de la noche. Se acercaron y enredaron ferozmente en una danza que los llevó desde el mismísimo infierno hasta el oscuro cielo, donde la luna de sangre los bendecía con su enigmática luz.

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