miércoles, 16 de septiembre de 2015

Lealtad | Diarios de una Drakaina

Me encontré frente a la situación de necesitar contar algo y no poder hacerlo porque en ese caso, la traición la estaría cometiendo yo. Siempre me consideré una persona leal con los míos, nunca me gustaron las mentiras ni los engaños. Nunca me gustó ser la persona que anda con cotilleo, pero muchas veces me enfrenté al hecho de ser la tercer persona en medio de una posible traición o deslealtad. Pero lo que más me despertó la necesidad de escribir esto fue una muestra de fidelidad que me dejó un poco entre la espada y la pared. Quizás este viendo mucho Pretty Little Liars, o simplemente la vida sea así...

La Drakaina, con el paso de los años se había transformado en un ser muy observador. Incluso mucha gente la tomaba por tonta, pero ella sabía mas de lo que aparentaba. Le fascinaba analizar qué era lo que movía a los seres humanos a cometer actos de mala fe. Pero lo que más la absorbía era tratar de entender por qué alguien podía traicionar.
En aquél entonces, los caballeros juraban defender fervientemente sus ideales, a la Iglesia y a sus señores; eran los ideales caballerescos algo de importancia y una forma de vida. Aún así, las traiciones y engaños siempre tejían una red de deudas y favores entre ellos, la Iglesia y sus señores feudales. La Drakaina estaba maravillada con todo este submundo. En esa época, tan necesitada de conocer que motivaba todo este comportamiento, pasó muchísimo más tiempo que nunca en su piel de mujer. Se dedicó a investigar y experimentar con humanos, quizás de esa manera incluso podría entender su propio pasado. Estoy segura, de que la palabra experimentar te pueda resultar cruel, pero la Drakaina siempre fue honesta con sus objetos de investigación; y el que avisa no traiciona dicen por allí.
Al muy poco tiempo de comenzar sus investigaciones, la Drakaina pudo recaudar muy valiosa información sobre los hombres. Aprendió rápidamente a ser una buena amiga y confidente de cada uno de ellos, y sin siquiera buscarlo, poseyó en su corazón un montón de secretos de varios caballeros de la zona. Muchos de ellos no fueron revelados conscientemente, haciéndolos aún mas preciados para ella. Cada uno de los caballeros que entraron a su vida habían captado su atención por algún hecho en particular. Si bien la mayoría, sino todos, habían comenzado como simples juguetes para luchar contra el aburrimiento, se habían ganado el aprecio y el cariño de la exótica mujer dragón que los poseía.
La verdad es que había encontrado cosas realmente sorprendentes; como aquél caballero que estaba tan lleno de pecados que desesperadamente insistía en redimirse a través de una devoción un tanto obsesiva para con ella. ¿Sería que siempre las acciones de los hombres estaban marcadas por algún tipo de egoísmo? Mientras mas seguía con sus indagaciones sobre el tema, más lo confirmaba. Tal era el caso de ese otro caballero forastero, que había sido realmente el único que logró bajar las defensas de aquella poderosa Drakaina. El tenía unos ojos que la perdían, y sabía como besarla para dejarla sin aliento. Fueron días maravillosos. Se perdió tanto en esta nebulosa de romance pasajero que olvidó que las Drakainas jamás tienen finales felices con los humanos; y así volvió a llorar su corazón. Una vez más, el egoísmo de los hombres la había lastimado.
Ciega del dolor, huyó a las montañas a refugiarse de esos caballeros que tanto la enloquecían de dulzura y odio al mismo tiempo. Su corazón se volvió una roca; y durante muchos días y noches mantuvo su apariencia con escamas e instinto asesino a flor de piel. Era una bestia, una Drakaina que sólo quería incendiar y destruir todo a su paso. Una tarde, un caballero se coló en su caverna. Era un caballero muy necio, y aún cuando ella lo alejaba con fuego y rugidos el se quedaba y enamoraba cada minuto de ese ser de escamas brillantes. Acampó y trató por todos los medios de conquistarla. Pero ella no podía sentir nada, ni siquiera desprecio. Sólo podía ver en él, una sutil desesperación por demostrar su hombría. Noche tras noche la buscaba y le contaba todos sus secretos y pensamientos. Cosas bellas y dolorosas... todo. Hasta llegó al punto de reírse frente a ella de sus colegas por no querer ser un caballero de cruzada como él.
La Drakaina estaba un poco absorta por la situación. Simplemente no se decidía entre si estaba frente al caballero más valiente y decidido de todos o si simplemente era un idiota. Odiaba sentirse así. Ella era una poderosa Drakaina, no podía permitirse que un simple ser humano la mosqueara de esa manera. Ella desde que le conoció supo que nunca iba a poder responderle, y aún habiéndoselo dicho, el caballero insistía firmemente. Entonces, ella  se limitaba a analizar su comportamiento  y a escucharle atentamente.

Fuente
Pero las Drakainas lo último que son es buenas mascotas, así que un día puso punto final a la situación. Es que había palabras que habían quedado grabadas en su cabeza y no las podía borrar. Los hombres son muy egoístas - pensó - ¿Cómo puedo tener en mi vida a alguien que no es del todo leal a sus amigos?. Es que este caballero podía llegar a ser muy charlatán y hablaba más de lo debido. Por querer mostrarse superior y ganarse el favor de la Drakaina, llegó al punto de decir que el resto de los caballeros de su casa no tenían ambición alguna en su vida. La Drakaina los conocía, había bailado entre ellos, vestida de mujer, y sabía que no era así. Además, ¿cómo podían ser los hombres tan necios de creer que las únicas ambiciones válidas son las que vienen rodeadas de laureles de gloria? ¿Tan ciegos son como para creer que alguno es mejor que otro sólo por decidir diferente?
Cansada de todo esta felonía huyo de él, y volviendo a vestir de mujer se mezcló una vez mas entre las masas del pueblo. Por suerte y por desgracia conoció a un caballero que sí sabía de lealtad. Era un gentilhombre que vivía bajo los pilares verdaderos de la caballería heroica. Era el caballero de la armadura oxidada. Pero esa es otra historia, y ustedes ya la conocen...

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