miércoles, 23 de septiembre de 2015

001 | Gabriela


Una pobre luz que colgaba del techo iluminaba la habitación. Ella estaba sentada en la mesa contando los céntimos que había ganado esa noche. Se notaba el cansancio en su rostro. El lugar era pequeño, tenía una ventana al fondo, donde estaba el fregadero, un sillón desgastado que servía a la vez de cama, y la mesa y única silla donde ella estaba. La imagen del sitio era realmente deprimente. Dio un suspiro; de esos que duelen en el alma y se levantó a buscar algo de comida. Se había traído del comedor unas patatas que habían sobrado. Comenzó a comerlas casi con asco. Odiaba las patatas. Todas las noches era la misma cena. Apenas podía tragarlas. Las apartó y prendió un cigarro. Sabía mucho mejor que esas horribles patatas. Llenó sus pulmones de ese humo cancerígeno y comenzó a imaginar, con lujo de detalles, cómo sería que si su jefe dejara de gritarle todas las noches y de manosearla cada vez que estaba a su alcance. Odiaba su trabajo, pero más odiaba a ese cerdo cretino que se creía con derecho a decirle cualquier barbaridad cada vez que la veía pasar. Estaba harta de que ese villano con olor rancio la arrinconara en el depósito y la dejara medio desnuda y avergonzada en el suelo. Todas las noches volvía llorando a su casa. No tenía familia, no tenía nadie a quién recurrir. Le daba vergüenza hasta contarle a su última amiga. Una vez intentó incluso,  ir a denunciarlo a la policía, pero lo único que consiguió fue hacer reír a los oficiales que eran amigos y cómplices de su abusivo jefe. ¡Y la paga! Realmente ese tipo sí que era miserable. Si por lo menos le pagase bien… Pero era el único lugar donde la habían contratado. Sus antecedentes no ayudaban.
La noche siguiente, su trabajo fue peor que nunca. Una mesa se fue sin pagar la cuenta y su jefe le gritó hasta hacerla llorar. La arrastró a su pequeña oficina y entre insultos comenzó a querer abusar de ella como cada noche. La azotó contra la pared. Se escuchó el golpe seco de su cabeza. Mareada por el dolor, apenas podía reaccionar. Ese cerdo realmente iba a hacerlo, como la había amenazado mil veces. Le arrancaba la ropa mientras la golpeaba y le recitaba toda clase de horrores que quería hacerle. La dio vuelta, y con una mano le tapó la boca para que nadie la escuchara gritar y con la otra comenzó a tocarla violentamente. Se bajó los pantalones y comenzó a violarla. Le caían las lágrimas mientras sentía como la quemaba por dentro ese hombre tan violento y asqueroso. 
Cuando se cansó de jugar con ella, salió de la oficina y comenzó a bromear con el cocinero sobre lo que había hecho. Nunca se había sentido tan humillada en su vida. La imagen del rostro de ese puerco sobre ella le provocaba náuseas. Estaba realmente lastimada, le sangraba la boca y le dolía todo su cuerpo. Sus lágrimas seguían cayendo mientras encontraba nuevas heridas en su cuerpo. A duras penas se vistió con sus ropas despedazadas, tomo sus cosas y salió corriendo del lugar. ¿Por qué siempre que soñaba con cómo podían mejorar las cosas todo empeoraba de aquella manera? Corrió calle abajo hasta que sus pulmones parecían que iban a explotar. Frenó en un callejón y maldijo cada cigarro que había fumado en su vida. Le dolía el pecho, y apenas podía respirar. Rompió en llanto y gritó como nunca antes lo había hecho, como si su alma se desgarrara en dos de la desesperación.

Fuente

Golpearon la puerta. Gabriela entreabrió sus ojos con dolor. La luz que entraba por la minúscula ventana la iba a dejar ciega. Le dolía todo el cuerpo, como si la hubieran golpeado durante horas. Sabía muy bien lo que era, su ex se lo había enseñado a la perfección, sin contar a su abusivo jefe.
     - ¡Gabriela! ¡Abre la puerta por favor! – gritó una voz femenina del otro lado.
Se levantó juntando todas sus fuerzas y abrió. Una muchacha se arrojó a ella y la abrazó con lágrimas en los ojos.
     - Gabriela, estaba terriblemente preocupada por ti – le dijo – hace días que te estoy llamando al móvil y no contestas. Es el quinto día que vengo aquí a buscarte.
Gabriela la miró sorprendida. Tenía el cabello negro, apenas un poco más largo que sus hombros con mechones de color rosa y violeta. Sus ojos negros, miraban a su amiga con mucha confusión. No recordaba nada desde esa noche que huyó del trabajo. No tenía idea ni siquiera de qué día y hora eran. Se miró las manos, su ropa. Llevaba sus amadas botas negras, medias de red y un vestido violeta, del mismo tono que su cabello. No recordaba haberse cambiado su ropa de trabajo, menos haberse pintado las uñas de negro.
     - Miranda… - su amiga era morena y tenía los ojos verdes llenos de lágrimas y preocupación. Su cabello era rizado y abundante. – No recuerdo nada. ¿Qué día es hoy?
     - 5 de Septiembre. Hace una semana que trato de localizarte. Tu móvil está apagado. No contestabas la puerta. Realmente temía que te encontraran en una bolsa cortada en trocitos. –  Echaron a reír juntas de la ocurrencia, pero les duró poco. Que Gabriela no recordara nada de los últimos días no era una preocupación menor.
Se acercó al minúsculo sitio que hacía de cocina y se puso a preparar café para las dos. El sol parecía que iba a quemarla viva. Necesito una cortina urgente, pensó. Le acercó una taza a su amiga y se sentaron en silencio las dos en el sofá. Gabriela sentía que la cabeza le iba a explotar del dolor, como si tuviera de la peor resaca de su vida. Despacio, le relató a Miranda lo último que recordaba de aquella noche, pero obviando como ese cerdo había hecho con ella lo que quiso. Al recordar ese espantoso incidente, escalofrío de por medio, recorrió su cuerpo rápidamente con la mirada y notó que no tenía ninguno de los moretones y lastimaduras que recordaba tener.
     - Entonces, ¿no sabes qué ha pasado en esta última semana?
     - No.
     - Me preocupas Gaby. No es normal. Tendrías que ir al médico, quizás te golpeaste la cabeza.
Gabriela agachó su cabeza y su mirada se nubló. Recordaba muy bien ese golpe en la cabeza. Se tocó el lugar del golpe en la cabeza disimuladamente. No había rastros del golpe.  Por eso accedió a ir al médico. Esa misma tarde fueron al hospital. Esperaron en la sala de guardia más una hora hasta que la llamaron. 
     - ¡Gabriela Expósito!
Un joven alto y apuesto era el que la llamaba. Las amigas se acercaron y entraron junto con él al consultorio. La sala era bastante estrecha, el escritorio donde estaba el joven médico era pequeño y avejentado. A la derecha, dejando apenas lugar para pasar, estaba la camilla. Las paredes estaban repletas de afiches sobre medidas de prevención de enfermedades o información del hospital. Algunos ya estaban amarillentos y manchados. 
Luego explicar entre las dos lo sucedido, Sebastián Salvador como indicaba su identificación, se dedicó a examinarla.
     - Vamos a sacarte sangre Gabriela, a primera vista parece estar todo normal, pero necesitamos hacerte algunas pruebas para asegurarnos de que no sea nada grave. Esta noche necesito que te quedes aquí, en observación.
Unas horas más tarde, Miranda estaba en una silla, en una posición totalmente incómoda durmiendo en un rincón de la habitación. Pero Gabriela no había podido pegar un ojo en toda la noche. Sentía que había algo muy malo es su días perdidos, como había empezado a llamarles. Temía lo peor, un coagulo en el cerebro o algunas de esas enfermedades fatales que eran tan comunes últimamente. Aunque aún no entendía como no tenía ni una sola marca de lo que había pasado. Y eso realmente la inquietaba. Era imposible que en una semana se sanara todo su cuerpo magullado. Una enfermera interrumpió sus pensamientos para medirle la presión y controlarle el suero. Al acercarse a ella, fue como si el tiempo se hubiera detenido. Pudo sentirle el perfume ya desgastado sobre su piel. Se dio cuenta de que llevaba ya seis horas mínimo dentro del hospital por cómo olía. Estaba como poseída por todo lo que iba descubriendo con su olfato. Era como si lo que olfateaba le susurrara la vida entera de la anciana enfermera, como si fuera la primera vez que usaba este sentido de verdad...
     - Está todo perfecto jovencita. Seguro en la mañana ya puedes irte. – Con estas palabras rompió el trance en el que estaba. Sacudió la cabeza como si así fuera a ordenar sus pensamientos. Miranda se despertó de un salto. Tenía sus rizos despeinados y el maquillaje de sus ojos todo corrido. Gabriela sonrió al verla en ese estado.
La enfermera se retiró y ambas comenzaron a reírse de las fachas de la otra, ya que la imagen de Gabriela no era mucho mejor que la de su amiga. 
Ya con el sol iluminándolo todo, Sebastián entró a la habitación con los resultados de los análisis en sus manos. Las saludó y sin decir una palabra fue a abrir las cortinas para que entrara la luz del sol. Gabriela lo odió, sentía que la luz estaba matándola, la cegaba y le ardía en la piel. Entonces el joven médico comenzó a hablar.
     - Gabriela, en los exámenes está todo bien. Estáis un poco anémica, pero con una buena alimentación se debería solucionar. Me gustaría igual que vinieses la semana próxima para volver a controlarte. Es que no es para nada normal lo que te ha sucedido.
Para nada normal - pensó - no hace falta ser médico para saberlo. Mientras él les explicaba las posibles causas para la pérdida de memoria tan prolongada de Gabriela, esta sólo podía enfocarse en cómo él se movía. Miranda prestaba atención a cada palabra de Sebastián, pero para Gabriela quedó de pronto todo en silencio. Él era alto, se notaba que se ejercitaba y que sus brazos eran fuertes. Sus ojos eran color turmalina, y al detenerse en ellos, sentía que se perdía el fondo del océano. Por momentos, la miraban a ella y le sonreían. Entonces empezó a sentir su colonia, el olor de su bálsamo para después de afeitar… la embriagaban. Entonces él la miró a los ojos, se acercó a ella, le acarició cariñosamente la cabeza.
     - Entonces el lunes próximo te espero a las 10 de la mañana, ¿vale? – Gabriela volvió a la realidad como con un balde de agua fría. 
     - S-si – tartamudeó. El médico se fue y su amiga comenzó a hablar.
     - ¡Dios! – Gabriela se estremeció con esa palabra sin darse cuenta - ¿Has visto lo guapo que está ese médico? Si crees que vais a venir sola a tu cita estáis muy equivocada. No me pierdo oportunidad de verle ni loca.
Sonrió, pero Gabriela apenas la escuchaba. Estaba demasiado concentrada en el fantasma de la colonia de su médico que había quedado en la habitación. 

>º<

Primer capítulo de lo que intenta ser mi primer novela.
Ya les pido perdón por mis mezclas exóticas entre "Español" y "Argentino",
intento mejorar, se los juro.
Gracias a todos por leer y apoyarme.
Y gracias a Adrian que me regaló el nombre del personaje principal,
aunque seguro ni se acuerda!

Segundo capítulo ya en cocción a fuego lento,
con suerte para la semana próxima esta listo para servir.
Buenas noches!


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