martes, 29 de septiembre de 2015

Luna Roja | Diarios de una Drakaina

Cabalgaba muy despreocupado por el bosque. Su armadura y armas iban colgadas a los costados de su corcel. Un colgante en su pecho, que aunque él no recordaba, controlaba su tempestuoso ser y lo mantenía encerrado en esa figura de caballero andante. Era un poderoso sello de lapislázuli y amatista, que el mismo había creado para encerrar su gran poder que estaba descontrolado; y así poder encaminarse hacia una serenidad superior. Ese sello había funcionado, quizás demasiado bien, y lo había transformado en un caballero sin casa que solo luchaba por el amor y la justicia. Quizás muy cursi, muy robinhoodesco, no lo sé. Cuando la vio, la confundió quizás con una esas musas de la mitología griega, pero cuando ella levantó la vista y clavó sus ojos en los suyos supo que estaba frente a un alma muy peculiar. 
Ustedes los hombres no creen en los dragones, hasta que se encuentran con uno, y comprenden que este fuego es mucho más que solo mitología, pensó mientras lo miraba ferozmente a los ojos y analizaba a ese caballero andante que estaba frente a ella. En seguida pudo ver a través de ese disfraz sobrenatural que cargaba  y supo a la perfección que se encontraba frente a un ser extremadamente mágico. Tanto como ella.
No necesitaron demasiado para ir mas allá de esas miradas. Sólo un par de noches de paseo por ese místico bosque para que la distancia se acortara lo suficiente como para terminar en un beso. Un beso que lo iba a cambiar todo...
Entonces, medio del arrebato de pasión, el sello se rompió. La amatista se partió en dos y el lapislázuli ascendió por el aire, para terminar incrustándose en su frente, transformándose en un tercer ojo que al abrirse comenzó a despedir una luz azul que deslumbró a todo el bosque. Al mismo tiempo, ella escuchó como los animales comenzaban a huir del lugar, a la vez que ese humano comenzó a mutar a su verdadera identidad. En su piel comenzaron a aparecer escamas, verde azuladas; sus extremidades, su rostro, todo su cuerpo comenzó a transformarse en un gran dragón. Inmutable, ella mantuvo la mirada fija en sus ojos y sonrió de esa manera tan singular, que sabía que lo volvía loco. Rugió como hacía varios milenios que no lo hacía, y con una tos un poco ronca escupió un poco de fuego. Ella cerró los ojos, respiró profundo y comenzó a transformarse también. Sus escamas eran entre rosa y violáceas. Aún con ese aspecto casi mitológico mantenía la misma mirada; superior, dulce, seductora, poderosa...
Y como si sus mentes estuvieran conectadas, extendieron juntos sus alas y se alzaron sobre el bosque; cada vez mas alto en medio de la noche. Se acercaron y enredaron ferozmente en una danza que los llevó desde el mismísimo infierno hasta el oscuro cielo, donde la luna de sangre los bendecía con su enigmática luz.

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miércoles, 23 de septiembre de 2015

001 | Gabriela


Una pobre luz que colgaba del techo iluminaba la habitación. Ella estaba sentada en la mesa contando los céntimos que había ganado esa noche. Se notaba el cansancio en su rostro. El lugar era pequeño, tenía una ventana al fondo, donde estaba el fregadero, un sillón desgastado que servía a la vez de cama, y la mesa y única silla donde ella estaba. La imagen del sitio era realmente deprimente. Dio un suspiro; de esos que duelen en el alma y se levantó a buscar algo de comida. Se había traído del comedor unas patatas que habían sobrado. Comenzó a comerlas casi con asco. Odiaba las patatas. Todas las noches era la misma cena. Apenas podía tragarlas. Las apartó y prendió un cigarro. Sabía mucho mejor que esas horribles patatas. Llenó sus pulmones de ese humo cancerígeno y comenzó a imaginar, con lujo de detalles, cómo sería que si su jefe dejara de gritarle todas las noches y de manosearla cada vez que estaba a su alcance. Odiaba su trabajo, pero más odiaba a ese cerdo cretino que se creía con derecho a decirle cualquier barbaridad cada vez que la veía pasar. Estaba harta de que ese villano con olor rancio la arrinconara en el depósito y la dejara medio desnuda y avergonzada en el suelo. Todas las noches volvía llorando a su casa. No tenía familia, no tenía nadie a quién recurrir. Le daba vergüenza hasta contarle a su última amiga. Una vez intentó incluso,  ir a denunciarlo a la policía, pero lo único que consiguió fue hacer reír a los oficiales que eran amigos y cómplices de su abusivo jefe. ¡Y la paga! Realmente ese tipo sí que era miserable. Si por lo menos le pagase bien… Pero era el único lugar donde la habían contratado. Sus antecedentes no ayudaban.
La noche siguiente, su trabajo fue peor que nunca. Una mesa se fue sin pagar la cuenta y su jefe le gritó hasta hacerla llorar. La arrastró a su pequeña oficina y entre insultos comenzó a querer abusar de ella como cada noche. La azotó contra la pared. Se escuchó el golpe seco de su cabeza. Mareada por el dolor, apenas podía reaccionar. Ese cerdo realmente iba a hacerlo, como la había amenazado mil veces. Le arrancaba la ropa mientras la golpeaba y le recitaba toda clase de horrores que quería hacerle. La dio vuelta, y con una mano le tapó la boca para que nadie la escuchara gritar y con la otra comenzó a tocarla violentamente. Se bajó los pantalones y comenzó a violarla. Le caían las lágrimas mientras sentía como la quemaba por dentro ese hombre tan violento y asqueroso. 
Cuando se cansó de jugar con ella, salió de la oficina y comenzó a bromear con el cocinero sobre lo que había hecho. Nunca se había sentido tan humillada en su vida. La imagen del rostro de ese puerco sobre ella le provocaba náuseas. Estaba realmente lastimada, le sangraba la boca y le dolía todo su cuerpo. Sus lágrimas seguían cayendo mientras encontraba nuevas heridas en su cuerpo. A duras penas se vistió con sus ropas despedazadas, tomo sus cosas y salió corriendo del lugar. ¿Por qué siempre que soñaba con cómo podían mejorar las cosas todo empeoraba de aquella manera? Corrió calle abajo hasta que sus pulmones parecían que iban a explotar. Frenó en un callejón y maldijo cada cigarro que había fumado en su vida. Le dolía el pecho, y apenas podía respirar. Rompió en llanto y gritó como nunca antes lo había hecho, como si su alma se desgarrara en dos de la desesperación.

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Golpearon la puerta. Gabriela entreabrió sus ojos con dolor. La luz que entraba por la minúscula ventana la iba a dejar ciega. Le dolía todo el cuerpo, como si la hubieran golpeado durante horas. Sabía muy bien lo que era, su ex se lo había enseñado a la perfección, sin contar a su abusivo jefe.
     - ¡Gabriela! ¡Abre la puerta por favor! – gritó una voz femenina del otro lado.
Se levantó juntando todas sus fuerzas y abrió. Una muchacha se arrojó a ella y la abrazó con lágrimas en los ojos.
     - Gabriela, estaba terriblemente preocupada por ti – le dijo – hace días que te estoy llamando al móvil y no contestas. Es el quinto día que vengo aquí a buscarte.
Gabriela la miró sorprendida. Tenía el cabello negro, apenas un poco más largo que sus hombros con mechones de color rosa y violeta. Sus ojos negros, miraban a su amiga con mucha confusión. No recordaba nada desde esa noche que huyó del trabajo. No tenía idea ni siquiera de qué día y hora eran. Se miró las manos, su ropa. Llevaba sus amadas botas negras, medias de red y un vestido violeta, del mismo tono que su cabello. No recordaba haberse cambiado su ropa de trabajo, menos haberse pintado las uñas de negro.
     - Miranda… - su amiga era morena y tenía los ojos verdes llenos de lágrimas y preocupación. Su cabello era rizado y abundante. – No recuerdo nada. ¿Qué día es hoy?
     - 5 de Septiembre. Hace una semana que trato de localizarte. Tu móvil está apagado. No contestabas la puerta. Realmente temía que te encontraran en una bolsa cortada en trocitos. –  Echaron a reír juntas de la ocurrencia, pero les duró poco. Que Gabriela no recordara nada de los últimos días no era una preocupación menor.
Se acercó al minúsculo sitio que hacía de cocina y se puso a preparar café para las dos. El sol parecía que iba a quemarla viva. Necesito una cortina urgente, pensó. Le acercó una taza a su amiga y se sentaron en silencio las dos en el sofá. Gabriela sentía que la cabeza le iba a explotar del dolor, como si tuviera de la peor resaca de su vida. Despacio, le relató a Miranda lo último que recordaba de aquella noche, pero obviando como ese cerdo había hecho con ella lo que quiso. Al recordar ese espantoso incidente, escalofrío de por medio, recorrió su cuerpo rápidamente con la mirada y notó que no tenía ninguno de los moretones y lastimaduras que recordaba tener.
     - Entonces, ¿no sabes qué ha pasado en esta última semana?
     - No.
     - Me preocupas Gaby. No es normal. Tendrías que ir al médico, quizás te golpeaste la cabeza.
Gabriela agachó su cabeza y su mirada se nubló. Recordaba muy bien ese golpe en la cabeza. Se tocó el lugar del golpe en la cabeza disimuladamente. No había rastros del golpe.  Por eso accedió a ir al médico. Esa misma tarde fueron al hospital. Esperaron en la sala de guardia más una hora hasta que la llamaron. 
     - ¡Gabriela Expósito!
Un joven alto y apuesto era el que la llamaba. Las amigas se acercaron y entraron junto con él al consultorio. La sala era bastante estrecha, el escritorio donde estaba el joven médico era pequeño y avejentado. A la derecha, dejando apenas lugar para pasar, estaba la camilla. Las paredes estaban repletas de afiches sobre medidas de prevención de enfermedades o información del hospital. Algunos ya estaban amarillentos y manchados. 
Luego explicar entre las dos lo sucedido, Sebastián Salvador como indicaba su identificación, se dedicó a examinarla.
     - Vamos a sacarte sangre Gabriela, a primera vista parece estar todo normal, pero necesitamos hacerte algunas pruebas para asegurarnos de que no sea nada grave. Esta noche necesito que te quedes aquí, en observación.
Unas horas más tarde, Miranda estaba en una silla, en una posición totalmente incómoda durmiendo en un rincón de la habitación. Pero Gabriela no había podido pegar un ojo en toda la noche. Sentía que había algo muy malo es su días perdidos, como había empezado a llamarles. Temía lo peor, un coagulo en el cerebro o algunas de esas enfermedades fatales que eran tan comunes últimamente. Aunque aún no entendía como no tenía ni una sola marca de lo que había pasado. Y eso realmente la inquietaba. Era imposible que en una semana se sanara todo su cuerpo magullado. Una enfermera interrumpió sus pensamientos para medirle la presión y controlarle el suero. Al acercarse a ella, fue como si el tiempo se hubiera detenido. Pudo sentirle el perfume ya desgastado sobre su piel. Se dio cuenta de que llevaba ya seis horas mínimo dentro del hospital por cómo olía. Estaba como poseída por todo lo que iba descubriendo con su olfato. Era como si lo que olfateaba le susurrara la vida entera de la anciana enfermera, como si fuera la primera vez que usaba este sentido de verdad...
     - Está todo perfecto jovencita. Seguro en la mañana ya puedes irte. – Con estas palabras rompió el trance en el que estaba. Sacudió la cabeza como si así fuera a ordenar sus pensamientos. Miranda se despertó de un salto. Tenía sus rizos despeinados y el maquillaje de sus ojos todo corrido. Gabriela sonrió al verla en ese estado.
La enfermera se retiró y ambas comenzaron a reírse de las fachas de la otra, ya que la imagen de Gabriela no era mucho mejor que la de su amiga. 
Ya con el sol iluminándolo todo, Sebastián entró a la habitación con los resultados de los análisis en sus manos. Las saludó y sin decir una palabra fue a abrir las cortinas para que entrara la luz del sol. Gabriela lo odió, sentía que la luz estaba matándola, la cegaba y le ardía en la piel. Entonces el joven médico comenzó a hablar.
     - Gabriela, en los exámenes está todo bien. Estáis un poco anémica, pero con una buena alimentación se debería solucionar. Me gustaría igual que vinieses la semana próxima para volver a controlarte. Es que no es para nada normal lo que te ha sucedido.
Para nada normal - pensó - no hace falta ser médico para saberlo. Mientras él les explicaba las posibles causas para la pérdida de memoria tan prolongada de Gabriela, esta sólo podía enfocarse en cómo él se movía. Miranda prestaba atención a cada palabra de Sebastián, pero para Gabriela quedó de pronto todo en silencio. Él era alto, se notaba que se ejercitaba y que sus brazos eran fuertes. Sus ojos eran color turmalina, y al detenerse en ellos, sentía que se perdía el fondo del océano. Por momentos, la miraban a ella y le sonreían. Entonces empezó a sentir su colonia, el olor de su bálsamo para después de afeitar… la embriagaban. Entonces él la miró a los ojos, se acercó a ella, le acarició cariñosamente la cabeza.
     - Entonces el lunes próximo te espero a las 10 de la mañana, ¿vale? – Gabriela volvió a la realidad como con un balde de agua fría. 
     - S-si – tartamudeó. El médico se fue y su amiga comenzó a hablar.
     - ¡Dios! – Gabriela se estremeció con esa palabra sin darse cuenta - ¿Has visto lo guapo que está ese médico? Si crees que vais a venir sola a tu cita estáis muy equivocada. No me pierdo oportunidad de verle ni loca.
Sonrió, pero Gabriela apenas la escuchaba. Estaba demasiado concentrada en el fantasma de la colonia de su médico que había quedado en la habitación. 

>º<

Primer capítulo de lo que intenta ser mi primer novela.
Ya les pido perdón por mis mezclas exóticas entre "Español" y "Argentino",
intento mejorar, se los juro.
Gracias a todos por leer y apoyarme.
Y gracias a Adrian que me regaló el nombre del personaje principal,
aunque seguro ni se acuerda!

Segundo capítulo ya en cocción a fuego lento,
con suerte para la semana próxima esta listo para servir.
Buenas noches!


viernes, 18 de septiembre de 2015

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Lealtad | Diarios de una Drakaina

Me encontré frente a la situación de necesitar contar algo y no poder hacerlo porque en ese caso, la traición la estaría cometiendo yo. Siempre me consideré una persona leal con los míos, nunca me gustaron las mentiras ni los engaños. Nunca me gustó ser la persona que anda con cotilleo, pero muchas veces me enfrenté al hecho de ser la tercer persona en medio de una posible traición o deslealtad. Pero lo que más me despertó la necesidad de escribir esto fue una muestra de fidelidad que me dejó un poco entre la espada y la pared. Quizás este viendo mucho Pretty Little Liars, o simplemente la vida sea así...

La Drakaina, con el paso de los años se había transformado en un ser muy observador. Incluso mucha gente la tomaba por tonta, pero ella sabía mas de lo que aparentaba. Le fascinaba analizar qué era lo que movía a los seres humanos a cometer actos de mala fe. Pero lo que más la absorbía era tratar de entender por qué alguien podía traicionar.
En aquél entonces, los caballeros juraban defender fervientemente sus ideales, a la Iglesia y a sus señores; eran los ideales caballerescos algo de importancia y una forma de vida. Aún así, las traiciones y engaños siempre tejían una red de deudas y favores entre ellos, la Iglesia y sus señores feudales. La Drakaina estaba maravillada con todo este submundo. En esa época, tan necesitada de conocer que motivaba todo este comportamiento, pasó muchísimo más tiempo que nunca en su piel de mujer. Se dedicó a investigar y experimentar con humanos, quizás de esa manera incluso podría entender su propio pasado. Estoy segura, de que la palabra experimentar te pueda resultar cruel, pero la Drakaina siempre fue honesta con sus objetos de investigación; y el que avisa no traiciona dicen por allí.
Al muy poco tiempo de comenzar sus investigaciones, la Drakaina pudo recaudar muy valiosa información sobre los hombres. Aprendió rápidamente a ser una buena amiga y confidente de cada uno de ellos, y sin siquiera buscarlo, poseyó en su corazón un montón de secretos de varios caballeros de la zona. Muchos de ellos no fueron revelados conscientemente, haciéndolos aún mas preciados para ella. Cada uno de los caballeros que entraron a su vida habían captado su atención por algún hecho en particular. Si bien la mayoría, sino todos, habían comenzado como simples juguetes para luchar contra el aburrimiento, se habían ganado el aprecio y el cariño de la exótica mujer dragón que los poseía.
La verdad es que había encontrado cosas realmente sorprendentes; como aquél caballero que estaba tan lleno de pecados que desesperadamente insistía en redimirse a través de una devoción un tanto obsesiva para con ella. ¿Sería que siempre las acciones de los hombres estaban marcadas por algún tipo de egoísmo? Mientras mas seguía con sus indagaciones sobre el tema, más lo confirmaba. Tal era el caso de ese otro caballero forastero, que había sido realmente el único que logró bajar las defensas de aquella poderosa Drakaina. El tenía unos ojos que la perdían, y sabía como besarla para dejarla sin aliento. Fueron días maravillosos. Se perdió tanto en esta nebulosa de romance pasajero que olvidó que las Drakainas jamás tienen finales felices con los humanos; y así volvió a llorar su corazón. Una vez más, el egoísmo de los hombres la había lastimado.
Ciega del dolor, huyó a las montañas a refugiarse de esos caballeros que tanto la enloquecían de dulzura y odio al mismo tiempo. Su corazón se volvió una roca; y durante muchos días y noches mantuvo su apariencia con escamas e instinto asesino a flor de piel. Era una bestia, una Drakaina que sólo quería incendiar y destruir todo a su paso. Una tarde, un caballero se coló en su caverna. Era un caballero muy necio, y aún cuando ella lo alejaba con fuego y rugidos el se quedaba y enamoraba cada minuto de ese ser de escamas brillantes. Acampó y trató por todos los medios de conquistarla. Pero ella no podía sentir nada, ni siquiera desprecio. Sólo podía ver en él, una sutil desesperación por demostrar su hombría. Noche tras noche la buscaba y le contaba todos sus secretos y pensamientos. Cosas bellas y dolorosas... todo. Hasta llegó al punto de reírse frente a ella de sus colegas por no querer ser un caballero de cruzada como él.
La Drakaina estaba un poco absorta por la situación. Simplemente no se decidía entre si estaba frente al caballero más valiente y decidido de todos o si simplemente era un idiota. Odiaba sentirse así. Ella era una poderosa Drakaina, no podía permitirse que un simple ser humano la mosqueara de esa manera. Ella desde que le conoció supo que nunca iba a poder responderle, y aún habiéndoselo dicho, el caballero insistía firmemente. Entonces, ella  se limitaba a analizar su comportamiento  y a escucharle atentamente.

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Pero las Drakainas lo último que son es buenas mascotas, así que un día puso punto final a la situación. Es que había palabras que habían quedado grabadas en su cabeza y no las podía borrar. Los hombres son muy egoístas - pensó - ¿Cómo puedo tener en mi vida a alguien que no es del todo leal a sus amigos?. Es que este caballero podía llegar a ser muy charlatán y hablaba más de lo debido. Por querer mostrarse superior y ganarse el favor de la Drakaina, llegó al punto de decir que el resto de los caballeros de su casa no tenían ambición alguna en su vida. La Drakaina los conocía, había bailado entre ellos, vestida de mujer, y sabía que no era así. Además, ¿cómo podían ser los hombres tan necios de creer que las únicas ambiciones válidas son las que vienen rodeadas de laureles de gloria? ¿Tan ciegos son como para creer que alguno es mejor que otro sólo por decidir diferente?
Cansada de todo esta felonía huyo de él, y volviendo a vestir de mujer se mezcló una vez mas entre las masas del pueblo. Por suerte y por desgracia conoció a un caballero que sí sabía de lealtad. Era un gentilhombre que vivía bajo los pilares verdaderos de la caballería heroica. Era el caballero de la armadura oxidada. Pero esa es otra historia, y ustedes ya la conocen...

sábado, 12 de septiembre de 2015

El No Caballero | Diarios de una Drakaina

Llegó el día en que, en medio de ese medioevo mágico perdido en el tiempo, la drakaina encontró a un caballero de armadura un poco oxidada que se había jubilado. Era un caballero distinto al resto. No le interesaban las justas, ni gloria o el dinero. Él prefería su pequeño hogar de piedra, sus colegas, su alcohol y cartas. Hacía mucho que había olvidado lo que eran las princesas. Es que no las entendía. No entendía los amores efímeros, esas músicas que bailaban o sus rosas brillantes. Es que el amor ya no era lo de antes. La drakaina lo sabía muy bien. Solo que su corazón gigante ya no latía como antes.
Lo observaba, desde lejos. Muy de a poco se acercaba por curiosidad, hacía siglos que no veía un caballero así. Entonces llegaron las fiestas del pueblo. Había juglares en cada esquina, música por doquier. Los pueblerinos se caían de la borrachera. Ese día, ella decidió que era un buen momento a vestir de mujer. Hacía tiempo que no usaba su apariencia humana y la extrañaba. Bailó por las calles; y tras un hidalgo de ron o algo parecido juntó coraje para acercarse a ese hombre que solo se reía de sus ocurrencias como si ella fuera solo una muñeca exótica que no pertenecía a esas tierras. Él hizo uso de su educación y la llevó del brazo por las calles. Incluso hasta dejó que uno de sus besos violáceos quedaran marcados en su mejilla. Aún así, marcó distancia, y muy educadamente se negó cuando ella se paró de puntillas para besarlo. ¡Vaya sorpresa para la drakaina! Es que las hijas del fuego no suelen ser rechazadas por los mortales. Como no podía mostrar ni una gota de su asombro, sonrió y siguió bailando y caminando a su lado.
Desde esa noche, la drakaina, totalmente intrigada por este ser humano fuera de lo común, se acerca a él para observarle. Ella tampoco entiende mucho por qué le llama la atención. Pero eso no evita que tenga el deseo de estudiarle, como si fuera un nuevo muñeco de colección...

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- No soy un caballero, y te garantizo que hay gente que se acerca a mí en ciertos aspectos, y alguno habrá como yo. - Le dijo una noche.
Es que si no fueran caballeros, yo no sería una drakaina, no sería el medioevo, pensó sonriendo antes de contestarle: - Es pura ficción. Siempre son caballeros.


jueves, 3 de septiembre de 2015

Diarios de una Drakaina | Aprendiendo a vender

Bueno, como se habrán dado cuenta, estoy un poco desaparecida de las redes sociales y por aquí. Es que gente bonita... ¡Conseguí trabajo! Así es señoras y señores. Y la verdad es que este nuevo trabajo es un desafío super grande porque realmente poco tiene que ver con mi fuerte que es la informática (y sus derivados). Pero ¡error! Me acabo de dar cuenta de que es algo que hago a menudo y que no estaba entendiéndolo realmente.
Volví a trabajar en un call center, volví a la vincha. Así es. Pero el desafío que se me presenta es que mi tarea principal es vender. Ya había vendido algo mientras trabajaba en Telecom en Argentina, pero no era mi tarea principal y no tenía ningún tipo de exigencia; por lo que realmente no me lo tomaba muy en serio. Ahora, en pleno periodo de prueba, la venta en cada llamada es lo que me va a mantener en mi puesto. Así que sí, es de vida o muerte. Pero basta de mí y vamos a lo que quiero compartir con ustedes.

Todos vendemos. Esto es fundamental. Vendemos cuando queremos conquistar/enamorar a alguien. Vendemos cuando queremos llevar a nuestros amigos a un sitio que nos gusta. Vendemos cuando queremos que nuestros padres no nos regañen. Vendemos cuando queremos compartir lo que nos apasiona. Me atrevo a decir incluso, que mas que seres sociales, el ser humano es un ser meramente comercial. Vendemos y compramos mas de lo que nos imaginamos, desde si elegimos desayunar café o chocolatada. Con esto en mente, mi primer planteo fue entonces, ¿por qué me cuesta tanto vender? Precisamente, porque olvidé todo lo anterior. 

Cuando como clientes llegamos a una tienda o llamamos por teléfono, es porque necesitamos algo. Quizás la información que recibimos no es correcta, consideramos que el precio es excesivo, o que no se amolda a nuestras necesidades; entonces decidimos no comprar. Ahora, del otro lado del mostrador (o el teléfono como es mi caso), como vendedores tenemos que evitar que el cliente se vaya con las manos vacías. Si el cliente llega con una necesidad nosotros tenemos que mostrarle que nuestro producto es lo que necesita. ¿Cómo? Transformando las ventajas de lo que vendemos en beneficios para nuestro cliente. Porque como vendedores, lo que hacemos es ayudarle al cliente a tomar una buena decisión, puesto que si llegó a nosotros es por algo.
Las características de nuestro producto son sus cualidades. Las ventajas, son las características que lo hacen mejor, superior y deseable. Ahora, los beneficios, son las ventajas de lo que vendemos orientadas al cliente. Y es aquí donde personalmente, y a la mayoría, mas nos cuesta llegar. Así que como soy una romántica incurable lo voy a comparar con una conquista. Cuando nos gusta alguien, queremos saber mas de esa persona, le hacemos preguntas, mostramos nuestras características (como la música que nos gusta, nuestros hobbies, etc) y empezamos sutilmente a deslizar las ventajas que tenemos. ¿Ventajas? Si nuestras ventajas. En mi caso que soy independiente, que me gusta superarme, etc. Entonces llegamos al punto en el que vamos a transformar todo esto en beneficios para la persona en cuestión. Mientras comenzamos a conocerle, empezamos a ver que cosas necesita y como nuestras ventajas pueden ser beneficiosas para él o ella. Por ejemplo, puedo mostrarle como mi independencia es un beneficio porque no interferiría con su vida. O que el hecho de que me guste superarme, va a traer el beneficio de tener a su lado a una persona de la cuál pueda estar orgulloso. Cuando vendemos algo es exactamente igual. Sabemos de memoria las características y ventajas de nuestro producto, pero necesitamos conocer a nuestro cliente para transformarlas en beneficios y así cerrar la venta con un ¡Sí, quiero!

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Podemos hablar de cierres y técnicas de ventas durante horas, pero hoy me quiero centrar en esto, en congeniar con la persona a la que le queremos vender. No olvidemos que esta persona se considera un ser social, así que vamos acercarnos a él siendo sociables y cercanos, para que nuestra esencia comercial no quede en evidencia. Tenemos que ser sutiles, como cazadores, así nuestro cliente no sale corriendo como un cervatillo asustado.

エモノは狙い撃ちだヨ!
しとめて放さないんだヨ!
Ah! Ah! Ah! I'm an Animal!
Ah! Ah! Ah! 愛のAnimal!



Aunque no lo parezca la canción tiene todo y nada que ver con lo anterior. Y sí, ya sé que hace siglos que no subo ningún vídeo, pero tenedme paciencia! En algún momento me haré tiempo para subirles algo lindo. Los quiero!!! XOXO


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